La gasolina está barata

(Artículo publicado en Revista Agenda, julio de 2008)

Hace 2 años le dije que se olvidara del petróleo barato (“Por buen rato, olvídese del petróleo barato”, AGENDA marzo 2006). En esos tiempos el barril de petróleo había llegado a $70, y la gasolina había estado cerca de los $4/galón en Panamá, aunque no llegó a dicha cifra. Ahora, en 2008, el crudo ha llegado a sobrepasar los $130/barril y la gasolina está bien por encima de $4/galón. Ahora, si usted cree que gasolina a $4/galón es malo, prepárese para $10/galón, porque para allá vamos.

La fiebre no está en la sábana

Recientemente he visto cadenas de correo electrónico invitando a la ciudadanía a organizarse para no comprar gasolina a las estaciones de las grandes petroleras. El argumento detrás de la idea es que, si tan sólo dejamos de comprarle gasolina a ellas, éstas grandes petroleras se verán obligadas a reducir los precios.

Por otro lado algunos culpan de los altos precios a los especuladores, los chivos expiatorios de siempre. En Estados Unidos algunos senadores están hablando de establecer legislación para restringir a los mercados de futuros, para así controlar la especulación.

Otros, como varios congresistas norteamericanos e incluso algunos candidatos presidenciales en los Estados Unidos, están hablando de establecer impuestos especiales a las compañías petroleras por las utilidades “obscenas” que están obteniendo gracias a los altos precios del petróleo y derivados. Es decir, justo cuando se necesita con urgencia estimular el aumento de la producción, a estos políticos se les ocurre hacer precisamente lo contrario, castigando a los encargados de producir el petróleo. ¡Tremenda idea!

Fundamentos

La demanda de petróleo ha venido creciendo mucho más rápido que la oferta durante mucho tiempo. De hecho, la producción mundial de crudo ha llegado o está llegando a su punto máximo (Peak Oil). Por ejemplo, Cantarell, uno de los campos petrolíferos más grandes del mundo, alcanzó su punto máximo de producción en 2004, con una producción de 2.1 mbd (millones de barriles diarios) y está declinando desde entonces. Para este año 2008, el estimado de la petrolera estatal mexicana PEMEX es que Cantarell producirá en promedio 1.4 mbd, y la proyección es que su producción diaria continuará declinando a un ritmo de 13% por año.

Cantarell no es un caso aislado. La producción de Noruega en el Mar del Norte alcanzó su pico en 1999 y desde entonces ha venido declinando. La producción del Reino Unido alcanzó su pico en 2001 y desde entonces viene declinando, tanto que hasta hace poco eran exportadores netos, y ahora son importadores netos de petróleo.

¿Por qué los productores no previeron esto? Algo que debe ser tomado en cuenta en las economías del petróleo, es que aproximadamente dos terceras partes de las reservas mundiales están en manos de compañías estatales, y todos sabemos que las compañías estatales son pésimas planificadoras y administradoras de recursos. Es un hecho universal que cuando se nacionalizan recursos, más temprano que tarde la producción comienza a declinar, debido entre otras cosas a insuficiente inversión. Todo yacimiento de petróleo tiene un período útil de producción, y su capacidad de producción diaria marca en el tiempo la forma de una campana. Una vez que alcanza su producción máxima, se mantiene allí por un tiempo y luego comienza a declinar. Las empresas privadas tienen todos los incentivos económicos para prever esto y anticiparse, invirtiendo en exploración para reemplazar y ampliar las reservas a medida que van siendo explotadas. Pero las empresas estatales tienen incentivos distintos, e inevitablemente siempre descuidan la inversión en mantenimiento de la capacidad productiva.

Por otro lado, el ecologismo radical y el anticorporativismo de nuestra época tampoco ayudan. Las compañías petroleras son un blanco particularmente cómodo para los ecologistas radicales. El ecologismo radical agrava la insuficiente oferta de petróleo haciendo cada vez más difícil la exploración y la explotación de petróleo. Para muestra un botón: en Alaska existe un depósito bajo la Reserva Nacional de Vida Salvaje del Ártico (ANWR, por sus siglas en inglés), capaz de producir 1 mbd, que no está siendo explotado supuestamente para "conservar" la reserva de vida salvaje. Pero la explotación del yacimiento no requiere acabar con la reserva ni mucho menos ponerla en peligro. Simplemente requeriría ocupar una minúscula parte de la superficie para explotar el yacimiento que, después de todo, está bajo tierra. En 1996 el entonces Presidente Bill Clinton vetó su explotación, alegando que tomaría 10 años en producir la primera gota de petróleo. Bueno, ahora mismo estaríamos disfrutando de ese petróleo, pero gracias a que aún no se ha levantado la prohibición, esa enorme fuente de crudo no puede ser aprovechada.

La pesadilla apenas inicia

Al menos por los próximos quince años, y quizás por más tiempo, no volveremos a ver petróleo barato. El barril de petróleo no volverá siquiera a los niveles de 2005-2007 de $60-$70 por barril. De hecho, el petróleo continuará aumentando en dicho período. Prepárese para $200/barril, y luego $250/barril, y de allí, $300/barril. ¿$4 por galón de gasolina le parece caro? Pues prepárese para pagar, de aquí a tres años, $8/galón. Y luego $10 y luego $12 por galón, a más tardar dentro de siete a diez años. Sí, leyó bien: doce dólares por galón.

Una objeción común a esta proyección es que, ante precios tan altos, la demanda se reducirá y los productores tendrán que reducir el precio nuevamente para poder continuar vendiendo. Argumento que ignora el hecho económico que es precisamente cuando la demanda se reduce hasta el punto en que deja de exceder a la oferta, que los precios se estabilizan. Es decir, los precios continuarán aumentando hasta que la demanda deje de exceder la oferta.

Lo que ocurre es que el petróleo y sus derivados tienen demanda muy inelástica. Después de todo, usted no puede simplemente decidir que ahora va a dejar de comprar gasolina porque está muy cara. Usted tiene que seguir movilizándose hacia su lugar de trabajo. Lo que sí hará es reducir sus paseos opcionales, pero no los necesarios.

¿Qué hacer entonces?

El petróleo carísimo es una realidad ante la cual lamentarse y quejarse es tan efectivo como quejarse del clima. Ante lo que no podemos controlar, lo único racional es prepararse y adaptarse. Nuestros estilos de vida van a cambiar radicalmente, y para mal.

Para comenzar, el que tenga auto grande con mucha cilindrada, que se deshaga de él cuanto antes y se cambie a algo lo más económico posible. Pronto será muy raro ver andar un auto con una sola persona dentro. Los compañeros de trabajo comenzarán a organizarse para ir varios en un mismo auto hacia la oficina todos los días. Veremos más gente en motocicletas, y más gente a pie. Los viajes por avión se encarecerán y la gente viajará menos, mucho menos.

O puede uno optar por lamentarse y culpar a las petroleras, y esperar sentado a que llueva petróleo y por milagro se nos solucione el problema. ¿Cuál será?

Las desventuras de la FED

(Artículo publicado en Revista Agenda, junio de 2008)

Con la crisis en el sector financiero, la Reserva Federal norteamericana (FED) ha procedido a continuar inundando el mercado con dinero recién creado a partir de la nada. Con la más reciente de estas medidas, la FED ha actuado, entre otros objetivos, para contribuir a que se concretara la adquisición del moribundo banco Bear Sterns por parte de la firma JP Morgan.

Es ésta una de las funciones reconocidas a la banca central, al menos la norteamericana, de actuar como “prestamista de último recurso”. Pero es una función que, lejos de ser positiva para la economía, crea toda una serie de nefastas distorsiones que terminan empeorando las cosas.

Daño moral

El libre mercado requiere que las empresas que no son rentables, fracasen. Los recursos ocupados por esa empresa destructora neta de riqueza, quedan con su quiebra liberados para que otras empresas los utilicen en generación neta de riqueza. Además, es la permanente amenaza de quiebra una de las motivaciones importantes para que el empresario se esfuerce por buscar siempre la creación de neta de riqueza.

En el caso particular de una empresa dedicada a prestar dinero, como lo son los bancos, la empresa tiene por un lado el incentivo a prestar la mayor cantidad de dinero para aumentar sus ganancias, pero por otro lado están los riesgos inherentes a cada crédito, que pueden convertir cada préstamo en pérdidas. Es la particular capacidad del banquero para lograr un equilibrio entre dichas fuerzas, lo que hace la diferencia entre que el banco sea exitoso y genere utilidades, o se vaya a la quiebra.

Tradicionalmente, el banquero debe ser conservador. Usted, como ahorrista, quiere que su banquero sea conservador a la hora de prestar dinero, porque de lo contrario sus ahorros con ese banco están en peligro.

¿Qué pasa entonces con lo que está haciendo la FED, al tratar de salvar a ciertos bancos de la quiebra? Ocurre que se envía una señal de que, si prestas dinero irresponsablemente, el Estado te salvará mediante la inflación de la moneda, para que no tengas que irte a la quiebra. El resultado es que hay un gran desincentivo a ser conservador y sensato en el manejo de carteras de crédito por los bancos, y un gran incentivo a ser más arriesgado de lo que la realidad del mercado permite.

Inflación

Aunado a lo antes dicho, la pretendida salvación de los bancos en riesgo de quebrar por su mala cartera crediticia, viene en la forma de inyecciones masivas de dinero al mercado. Como este dinero recién creado no tiene respaldo real alguno en la riqueza existente, pues estamos en la era de las monedas de curso forzoso, sin respaldo metálico, dicha inyección monetaria crea, a su vez, otra serie de distorsiones en el sistema económico.

La inflación es mucho más compleja que meramente un aumento generalizado de precios. Los precios no suben todos en la misma proporción y al mismo tiempo. Por ilustrarlo de modo simplificado, algunas cosas suben por ascensor, en tanto otras suben por la escalera. Es por eso que se crean auges en ciertos sectores muy específicos de la economía cuando el banco central inyecta dinero. En los noventas fue el sector tecnológico, a inicios de la presente década fue el sector inmobiliario, y en esta ocasión será otro sector.

Pero eventualmente la presión del dinero creado artificialmente llega hasta los precios al consumidor. Usted lo está viendo desde hace varios años en la estación de gasolina, y en el supermercado. Más recientemente se está viendo en los precios de materiales de construcción, electrodomésticos, y básicamente todo aquello que usted necesita en su vida cotidiana.

La creciente inflación de precios que estamos observando en los precios al consumidor en todo el mundo, se debe a las inyecciones de dinero por la FED durante los primeros años de esta década. Las más recientes inyecciones de dinero (las que vienen dándose desde el pasado agosto), se verán reflejados eventualmente también en la economía, y puede usted apostar, que se traducirán en aún mayores precios de todo lo que usted consume.

Panamá no tiene banca central

Afortunadamente, Panamá no tiene banco central. Es una de las cosas más geniales que decidieron los próceres de nuestra República. Ni tenemos un prestamista de último recurso, aunque existen algunas personas que han sugerido que se establezca un seguro obligatorio de depósitos en Panamá (cosa que aunque no sería exactamente un prestamista de último recurso, lograría el mismo efecto nefasto de socavar el conservadurismo de los banqueros, y los movería hacia cada vez más riesgosos créditos, lo que aumentaría el riesgo sistémico del centro bancario).

No obstante, lamentablemente estamos expuestos a la política monetaria de los Estados Unidos, habida cuenta de que usamos su moneda, la cual desde 1971 (cuando Nixon eliminó definitivamente la convertibilidad del dólar en oro) es para todos los efectos una moneda de curso forzoso, sin respaldo real alguno.

¿Cuál es la solución?

El problema sólo terminará cuando el mundo retorne a lo que ha servido de moneda durante miles de años, es decir, el oro y la plata, y abandone el sistema de banca central por el cual se pretende crear riqueza a partir de la nada.

¿Han muerto las ideologías?

Esta proposición de que las ideologías han muerto fue particularmente repetida justo después de la caída del bloque comunista. Aún hay gente que lo sostiene. Pero, ¿qué quiere decirse con ello?

En primer lugar, por su origen es claro que quienes sugirieron la "muerte de las ideologías" equiparaban socialismo con capitalismo. Como si ambas fuesen especies de fundamentalismos que había que superar.

Lo cierto es que el capitalismo no murió. En realidad, el socialismo tampoco murió, pero sí fracasó rotundamente en todo lugar donde fue intentado. El socialismo se encargó de acabar directamente con las vidas de más de cien millones de seres humanos, además de retrasar sociedades a estadios semibarbáricos.

Todo esto se daba mientras el capitalismo continuaba elevando de muchísimas maneras la calidad de vida de millones de personas y reduciendo la pobreza en el mundo, todo ello respetando la libertad y la dignidad de las personas.

De modo que no son equiparables.

Pero más allá de la guerra fría, sigue habiendo gente que dice que "las ideologías han muerto". Sin embargo, ello es una falsedad, pues no es posible para nadie ver el mundo sin una ideología. La consigna "las ideologías han muerto" es en sí una ideología: se llama nihilismo. Es ésta una ideología que clama la muerte de todo sistema de valores alegando que no hay verdad moral.

El nihilismo aplicado pretende que no hay principios de nada. Todo debe ser evaluado y decidido en función de las particulares circunstancias de cada caso, sin atención a principios generales, pues niega siquiera que éstos existan. Pero tal pretensión es claramente absurda. El conocimiento adquirido por el individuo durante toda su vida le permite ver que sí hay principios. El Sol sale todos los días por el Este y se oculta por el Oeste; los objetos caen a la Tierra por efecto de la gravedad; todos los que nacemos eventualmente morimos; la Vía España está hoy exactamente allí donde ha estado siempre, etc. El individuo no puede afrontar la realidad con total desvinculación de cualquier conocimiento previamente adquirido, el cual va conformando un sistema coherente de conocimiento.

Ese conocimiento previamente adquirido nos sirve precisamente porque hay principios y reglas de aplicación general y bastante fiables (que no infalibles), y dado que el individuo estructura ese conocimiento (aunque sea de manera inconsciente), dicha estructura constituye su ideología.

La civilización se construye sobre la base de que sí hay ciertos principios y normas que rigen la convivencia social. No matar al prójimo; no robarle lo que es suyo; no engañar en los contratos y transacciones con el prójimo; no dañar lo ajeno, etc. Un sistema jurídico, qua sistema, tiene que estar cimentado sobre una ideología específica. La mera idea de un sistema jurídico requiere necesariamente de principios generales y por tanto de una ideología.

El judeocristianismo, el racionalismo helénico, y la res pública de Roma, son las tres principales fuentes que han inspirado a nuestra civilización occidental.

El judeocristianismo, por un lado, propugna el universalismo, por ejemplo, el derecho a la vida humana es algo que tienen todos los seres humanos sin distinción de credo, raza, clase social, y no solo los cristianos y judíos o blancos.

El sistema jurídico que en occidente se ha inspirado del judeocristianismo prohíbe a los individuos atentar contra la vida de otros individuos, o quitarles por la fuerza lo que es suyo, o utilizarlos como instrumentos para nuestros propios fines, etc. Es ésta una ideología que restringe lo que cada persona puede hacer, incluyendo a los gobernantes, y dichas restricciones vienen dadas por una idea metafísica de lo justo versus lo injusto. Sin esa ideología, el gobierno sería ilimitado y podría hacer lo que fuese.

Es por lo anterior que la civilización y el nihilismo son incompatibles. El nihilismo es una rebeldía contra la ética judeocristiana (o cualquier otra, pues niega la validez de cualquier sistema moral), y tiende alternativamente hacia el totalitarismo o hacia un retroceso a la barbarie. La aceptación del nihilismo y su consigna de "las ideologías han muerto" nos llevaría a tener que rechazar el sistema jurídico que forma la base de occidente. De hecho, no es coincidencia que el advenimiento del nihilismo advertido por Nietzsche haya precedido y alimentado el creciente abandono del sistema jurídico iusnaturalista, con su idea de justicia como objetivo máximo del derecho, y su reemplazo por el sistema de legislación positivista, donde el Parlamento es tenido como soberano en sentido de que puede legislar lo que sea sin limitación moral alguna.

Yo tengo una ideología: una que reclama para cada persona humana el derecho a la vida, el derecho a la propiedad privada, y el derecho a buscar su propia felicidad por sus propios medios, sin más limitaciones que las estrictamente necesarias para garantizar esos mismos derechos a las demás personas.
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Léalo en La Prensa.

El engaño del etanol

(Artículo publicado en Revista Agenda, abril de 2008)

En atención al impresionante alza del petróleo durante toda esta década, gobiernos de distintos países han concebido estimular alternativas de combustibles para vehículos automotor, con la idea de reducir la dependencia del petróleo. Para reemplazar la gasolina, se sugiere el uso del etanol (alcohol etílico), extraído de caña de los tallos de plantas como la de maíz, o la caña de azúcar (En el caso del maíz no sólo se utiliza la planta, sino el grano mismo también). No sería para reemplazar totalmente la gasolina, pero sí con la supuesta idea de aminorar la dependencia de ésta. En los Estados Unidos hay varios estados donde se está mandando por ley la mezcla de la gasolina como combustible automotor, con cierto porcentaje de etanol.

El problema es que este plan, como suele suceder, tiene ciertos efectos secundarios. Y aquí los efectos secundarios son tales que convierten a la cura en algo peor que la enfermedad.

Alimentos caros

En primer lugar, los cultivos orientados a producir etanol, compiten por la tierra con la producción de alimentos. Como dos y dos siguen siendo cuatro, al aumentarse la demanda de tierra para cultivos para etanol, se aumenta el precio de la tierra, un insumo fundamental para la producción de alimentos como el maíz, arroz, azúcar, y demás alimentos agrícolas. En México se ha visto este fenómeno en lo que se ha llamado las protestas de las tortillas. La mexicana es una población que desde hace siglos basa su alimentación en el maíz, y con alzas de precios en dicho alimento de hasta 30%, es lógico que la gente no está contenta.

¿Eficiencia energética? Piénselo de nuevo

En la producción de etanol se requieren tractores y maquinaria de cultivo y cosecha. Esos tractores y maquinaria requieren energía. Además, a diferencia del petróleo y sus derivados, que pueden transportarse por oleoductos, el etanol no puede transportarse efectivamente por tuberías a grandes distancias. Es decir, para su transporte por tierra se requiere de camiones cisternas, que para propulsión requieren diesel.

Esto se traduce en que la ganancia en términos energéticos es muy poca, si es que la hay (algo que está lejos de ser seguro). Es decir, la energía neta aprovechable, resultante de sustraer la energía consumida en el proceso de producción del etanol, de la energía bruta aprovechable del etanol producido, es muy poca.

¿Reducción de emisiones de carbono? Ni lo sueñe

La idea de que la utilización de etanol como combustible reduce las emisiones de carbono a la atmósfera, se basan en el supuesto de que las emisiones de carbono producidas por la quema del etanol se compensan con el carbono absorbido por la planta respectiva durante su crecimiento.

Pero según diversos estudios recientes, la cosa no es tan sencilla. Aparte del hecho que la producción y consumo de etanol requiere procesos de refinación y transporte del combustible, procesos ambos que añaden emisiones netas de carbono, ocurre otro fenómeno que los optimistas están ignorando: los incentivos a la producción de etanol generan incentivos también para dedicar nuevas tierras al cultivo de las plantas necesarias para la materia orgánica con la que se produce el etanol. Pero esas tierras ya tenían pastos y monte silvestre que estaba absorbiendo CO2. El utilizar ahora esas tierras para producir etanol no produce nuevas absorciones de CO2, y en cambio mediante la quema del etanol producido sí se envía a la atmósfera CO2 que antes se quedaba en la planta silvestre.

Según Joseph Fargione, coautor de un estudio reciente sobre este tema, y científico de la ONG ambientalista The Nature Conservancy, esta afectación de tierra silvestre para cultivo de plantas para producción de etanol, genera emisiones equivalentes a 93 veces la reducción de emisiones (de carbono) resultantes de la sustitución de gasolina por etanol en nuestros motores.

Más daños ambientales

La historia de terror no termina allí. Si se toma en cuenta la acidificación de los suelos, el incremento en el uso de fertilizantes, la pérdida de biodiversidad y la toxicidad de los pesticidas de uso agrícola, que serían generados por los cultivos para etanol, entonces el impacto ambiental neto del uso del etanol como combustible bien podría ser peor que el generado por el uso de la gasolina.

Interfiriendo con el mercado

Desde el punto de vista puramente económico, es obvio que el pasar leyes forzando a la gente a consumir un tipo específico de producto en el mercado, en detrimento de otros, siempre trae ineficiencias y destrucción neta de riqueza. Lo risible en el caso de las políticas pro-etanol es que se supone que están orientadas precisamente a generar ahorros a la economía, por razón de que el petróleo está caro.

Pero en el sistema de libre mercado, si un producto como el petróleo está excesivamente caro respecto de otros sustitutivos como el etanol, de tal manera que resulte rentable producir etanol y venderlo más barato para producir energía, entonces, ¿por qué se requiere que el Estado intervenga y por ley fuerce a las personas a consumir el etanol en lugar de la gasolina?

Digo, a usted nadie tiene que forzarlo por ley a comprar su ropa o su comida en el lugar más barato. Usted solito entiende y decide no pagar $20 por algo que puede obtener por $10. Esto es simple sentido común.

Por esto, desde el preciso momento que se requiere la intervención del Estado, ya sea para subsidiar el uso del etanol, o para forzar a los consumidores a usarlo (como, por ejemplo, mediante leyes que obliguen a mezclar la gasolina con 10% u otro porcentaje definido de etanol), automáticamente ello significa que, después de todo, no hay tal ahorro de riqueza. Más bien lo contrario. Y si aparte de combustible más caro, encima tenemos que aguantar alimentos más caros, la cosa ya no sólo es antieconómica sino que comienza a volverse antihumana también, para rematar.

Conclusión: políticas mal enfocadas

La Organización para la Cooperación y Desarrollo (OCDE), ha emitido un informe reciente en que advierte estos y otros problemas de las políticas promotoras de etanol como combustible automotor, y termina recomendando contra dichas políticas. Dos estudios recientes de científicos de la Universidad de Princeton apuntan en la misma línea.

En resumidas cuentas, el etanol no abarata el costo del combustible; encarece los alimentos para la gente; no reduce las emisiones de carbono; tiene un impacto ambiental neto probablemente peor que la quema de gasolina como combustible automotor. Entonces, ¿dónde está el beneficio? Si con todo esto usted aún le ve algún beneficio real al uso del etanol en reemplazo de la gasolina como combustible automotor, por favor escríbame y dígame cuál es, porque yo no veo dichos supuestos beneficios por ningún lado.

El etanol pinta ser, como tantos otros antes, una cura más dañina que la enfermedad misma. Mejor dejar al mercado funcionar.

El consumo no crea riqueza

(Artículo publicado en Revista Agenda, marzo de 2008)

Al momento de escribir este artículo, se plantea en los Estados Unidos de América la posibilidad de un paquete de “estímulos” a la economía, basado principalmente en devoluciones de impuestos a los contribuyentes, con la idea de reavivar el consumo y con ello darle un respiro a la economía norteamericana, ante la creciente amenaza de una recesión.

No soy yo quien vaya a oponerse a que el Gobierno devuelva impuestos a los ciudadanos, pero sí debo señalar que el objetivo de reavivar la economía no será logrado con la medida propuesta de “estimular el consumo”. La razón es que no es el consumo, sino precisamente el ahorro acompañado de inversión, lo que genera riqueza.

Falacias keynesianas

En medios financieros, se pone gran atención en lo que llaman la “confianza del consumidor”. Se refiere a las expectativas que sobre la economía tienen los consumidores, y la premisa es que cuando los consumidores tienen confianza en las perspectivas económicas, continúa gastando (consumiendo) y ello mantiene la economía funcionando. Y que, por otro lado, cuando el consumidor está pesimista sobre la economía, comienza a reducir su consumo y esto, continúa la idea, es malo para la economía.

La idea de que el consumo es creador de riqueza está simple y llanamente basada en una falacia económica, la llamada “falacia de la ventana rota”. Lo equivocado del razonamiento de esta falacia se ilustra con el ejemplo de un niño que lanza un ladrillo y rompe una ventana. Alguien alega que aunque dicho suceso constituye una pérdida para el dueño de la casa, genera un beneficio para la sociedad, porque ahora el dueño de la casa tendrá que encargar otra ventana, y por tanto el fabricante de ventanas tendrá negocio. Éste, a su vez, tendrá que comprar materia prima, por lo que el que vende vidrio, el que vende el aluminio del marco, etc., tendrán negocio también. Gracias a la travesura del niño, la economía se comienza a mover, corre el argumento.

Pero dicha idea sólo evalúa aquello que estamos viendo. Ignora aquello que pudo ocurrir, pero no ocurrió precisamente porque el niño rompió la ventana. Por ejemplo, el dueño de la casa bien podría haber estado queriendo comprarse un nuevo vestido, y ahora que tendrá que gastarse el dinero en la ventana, el vestido tendrá que esperar. El negocio del fabricante de ventanas, entonces, vino a costa del negocio del sastre. No fue una ganancia neta para la sociedad.

El absurdo se hace evidente por cuanto aunque es cierto que se va a generar nueva actividad económica para reconstruir la ventana, dicha actividad económica sólo hará retornar las cosas a la situación anterior. Esa misma actividad económica, de no ser por la destrucción, podría haberse empleado en aumentar más aún la riqueza.

Es la producción, no el consumo, lo que crea riqueza.

Es que, por definición, el consumo es lo contrario a la creación de riqueza. El consumo presupone la existencia de riqueza ya creada, pues no se puede jamás consumir lo que no existe.

Y para producir cosas, es necesario el capital, entendido como la riqueza que no se destina para su consumo inmediato, sino para producir más riqueza. Esto hasta Marx lo entendió. Y por necesidad, las inversiones de capital requieren de ahorro. Esto se desprende de que no se puede destinar para producción, algo que usted ya consumió, porque esto último implica que ya no existe, y como lo que no existe no se puede usar para producir nada, pues ahí lo tiene usted: el ahorro es un sine qua non de la inversión.

Pero la falacia keynesiana del consumo como generador de riqueza completa el círculo del sinsentido cuando trata al ahorro como algo peligroso para la economía. Es que según la visión keynesiana, cuando la gente decide ahorrar (por la razón que sea), deja de “mover la economía”.

¡No señor, el ahorro de hoy es lo que permite el consumo de mañana! Imagínese usted que un asesor financiero le dijese que, para vivir en mejores condiciones económicas en el futuro, lo que usted debe hacer es aumentar sus gastos de consumo, aunque ello implique endeudarse, y ahorrar muy poco o nada. Ante semejante consejo, estoy seguro que usted saldría huyendo.

Pero cuando pasamos del escenario micro al macro, y hablamos de una población entera y no de una familia, por alguna razón misteriosa la lógica cambia súbitamente. Se invierte por completo el sentido común, y se dice que hay que evitar a toda costa que la gente reduzca el gasto de consumo y aumente el ahorro, porque ello traería la catástrofe para la economía de un país.

Mejor no nos estimulen tanto

Cuando los gobiernos hacen política económica basándose en falacias como ésta, tal cual ha ocurrido muchas veces y pareciera que puede ocurrir en los Estados Unidos este año, ello inevitablemente conduce al agravamiento de la crisis.

Si se quiere reactivar una economía, no debe estimularse el gasto y desestimular el ahorro y la inversión. Lo que debe hacerse es reducir barreras al ahorro y la inversión. ¿Y cómo se logra esto?

La manera más efectiva de lograr esto es mediante: a) reducción general de impuestos (y no meras devoluciones de $300 a cada contribuyente de clase media); b) desregulación y desburocratización, y c) eliminación de barreras a la libre empresa y la libre competencia, tanto interna como externa.

En cuanto a las reducciones de impuestos, lo más efectivo es la reducción de impuestos a las empresas. Dado que los impuestos son un costo de hacer negocios, mientras más altos sean los costos de las empresas, menos ahorro habrá disponible para invertir. Irónicamente entonces, muy contrario a lo que proponen los populistas norteamericanos, si hay que elegir entre una reducción impuestos a las personas o una reducción de impuestos a las empresas, lo más efectivo para reactivar una economía es ésta última.

La carreta delante de los bueyes

Lamentablemente, cuando los gobiernos tienen como política económica estimular el gasto de consumo y desincentivar el ahorro, la economía termina sufriendo las consecuencias. El monstruo del keynesianismo, que tanto daño ha hecho desde el Siglo XX, continúa haciendo daño. Durante la Gran Depresión iniciada en 1929, los gobiernos sucesivos de Herbert Hoover y de Franklin D. Roosevelt incurrieron en políticas como las que ahora se promueven, de estimular el consumo, establecer más barreras regulatorias para todos los negocios, e incluso aumentaron los impuestos para incrementar el gasto público. El resultado fue que lo que hubiese sido una mera recesión de corto plazo, se convirtió en una Depresión que duró hasta finales de la década de 1930 (el mito de que el “New Deal” acabó con la Gran Depresión es eso, un mito. Los altos niveles de desempleo y el estancamiento económico continuaron hasta poco antes de la II Guerra Mundial).

Lamentablemente, las propuestas políticas de algunos precandidatos presidenciales en Norteamérica suenan demasiado similares a las medidas populistas del New Deal. Ideas como: aumentar los impuestos a las empresas, especialmente las petroleras; establecer barreras al libre comercio para “proteger” las industrias nacionales, y hasta violentar la libertad de contratación, pasando leyes para evitar las ejecuciones de hipotecas a las personas morosas.

Espero que tales propuestas sean meramente demagogia de campaña, y no sean llevadas a la práctica. Sería catastrófico.

El auge de los commodities

(Artículo publicado en Revista Agenda, febrero de 2008)

El presente siglo ha visto un mercado alcista de los commodities en general, situación que se mantendrá todavía por varios años más. Hay oportunidades de ganancias muy altas en este sector, uno de los más atractivos aún para los próximos años.

(En el contexto financiero, un commodity es un tipo de mercancía fungible, que se intercambia por unidades de peso o volumen, como los metales de uso industrial, metales preciosos, combustibles y granos.)

Ciclo de producción

Durante las décadas de 1980 y 1990, el sector de commodities no era “sexy”. Los precios internacionales de los commodities, en general, venían en bajada y lo estuvieron por casi 20 años. Muy poca gente invertía entonces en dicho sector, y esto llevó a una contracción de éste a nivel mundial.

Los commodities tocaron fondo a fines de la década de 1990, cuando el oro llegó a aproximadamente $240 la onza, y el petróleo a $11 el barril. Pero a partir de entonces inició la recuperación, y especialmente a partir del año 2000 el sector fue tomando más fuerza, con la que continúa hoy. ¿A qué se debió este giro? Básicamente, a que las cantidades de commodities producidos no eran suficientes para satisfacer la creciente demanda. Como el sector se contrajo por casi 20 años, no se invirtió suficiente en mantener y menos en ampliar la capacidad de producción.

Y esta tensión entre la demanda y la oferta se mantendrá en ese mismo sentido por varios años más. La razón es que, a pesar que los más altos precios envían una señal a los actores del mercado para producir más, el aumento en producción no es instantáneo. Por ejemplo, con los minerales como la plata, oro o cobre, no es que usted decide hoy invertir $100 millones y mañana tiene la mina produciendo. Toma literalmente años (usualmente entre 7 y 10 años para minerales metálicos, e igual ocurre con el petróleo) entre que se inicia la exploración, la evaluación, los estudios de factibilidad, los estudios de impacto ambiental, y todo lo demás hasta que finalmente se produce la primera onza de mineral.

Inflación monetaria

Otro de los factores que ha contribuido a impulsar este mercado alcista de los commodities, es la inflación monetaria de parte de prácticamente todos los bancos centrales del mundo, comenzando con la misma Reserva Federal norteamericana.

Hasta 1971 el sistema monetario internacional de Bretton Woods era uno basado en el oro, al menos nominalmente. El dólar era la moneda de reserva internacional, y era convertible en oro a razón de 1/35 de onza por dólar. Pero durante la administración del presidente Nixon se abolió finalmente la convertibilidad, y desde entonces tanto el dólar como virtualmente todas las otras monedas importantes del mundo dejaron de estar respaldadas con oro y se convirtieron en monedas de curso forzoso.

La década de 1970 vio entonces un enorme mercado alcista de los commodities, que llegó a su fin con la contracción monetaria de fines de dicha década. Pero la expansión monetaria fue reiniciada pocos años después, a mediados de la década de 1980, y desde entonces ha continuado hasta nuestros días.

Lo que digo, en resumen, es que el mundo ha estado presenciando una expansión monetaria sin precedentes, sin respaldo de ningún tipo, durante más de 20 años, y el resultado es inflación, que eventualmente se manifiesta en aumentos de precios de los commodities.

Metales preciosos y petróleo

El oro y la plata se benefician de manera peculiar cuando hay inflación, porque la gente busca un refugio para protegerse de la pérdida de poder adquisitivo de las monedas de curso forzoso. El petróleo, por otro lado, tiene la particular característica de que aproximadamente la mitad de la producción mundial está en manos de empresas estatales, lo cual siempre es un negativo augurio para las perspectivas de aumento de producción.

Apalancamiento

Para quien tiene un panorama de inversión a largo plazo, más redituable aún que invertir en los commodities mismos, puede ser invertir en acciones de compañías que se dedican a la producción de commodities. Es decir, compañías mineras, compañías que están en el negocio de la exploración y explotación de petróleo, y compañías que dan servicio a la explotación minera.

En un mercado alcista de commodities, los rendimientos potenciales de invertir en compañías que se dedican a la actividad son varios múltiplos superiores a los rendimientos posibles de invertir directamente en los commodities (aunque, como es de esperarse, también conllevan mayor volatilidad).

Por ejemplo, como se aprecia en el gráfico, desde enero de 2000 a diciembre de 2007 el oro fue de $281/oz a $833/oz, para un aumento de 196%, pero en el mismo período, el aumento del precio del oro benefició a las compañías mineras de tal manera, que el índice HUI, un índice de compañías mineras norteamericanas que se especializan en la producción de oro y plata, tuvo un rendimiento de 580%.

Conclusión

Por varios años todavía (al menos por el resto de esta década), los fundamentos de los commodities en general se mantendrán con una fuerte demanda y una relativamente insuficiente oferta. Esto prácticamente garantiza retornos por encima del promedio del resto del mercado. Es, por estas razones, el sector más atractivo para invertir en los años venideros.

El ecologismo radical

(Publicado en Revista Agenda, diciembre de 2007)

Hay ambientalistas de todos los tintes. Están por un lado los que se preocupan de mantener un equilibrio entre las necesidades económicas humanas y un medio ambiente sano. Éstos no se oponen al desarrollo, sino que buscan que éste se dé con ciertas consideraciones para minimizar el impacto negativo sobre los ecosistemas. Pero también están, por otro lado, los ambientalistas radicales que se oponen a todo desarrollo. Es a este ambientalismo radical, anticapitalista, antitecnológico, al que me refiero en este artículo. Y sostengo que es, además, antihumano y anticivilización.

Anti-tecnología

La campaña de desprestigio que mantiene el movimiento ambientalista radical contra la energía eléctrica y el uso de combustibles fósiles, es quizás el ejemplo más conspicuo de la tendencia a despreciar las maravillas tecnológicas modernas que hacen nuestras vidas más cómodas.

Anti-capitalista

Como lo expone Patrick Moore, miembro fundador del movimiento Greenpeace, “uno de los eventos que causaron el desplazamiento a la izquierda del movimiento ambientalista fue la caída del Muro de Berlín. Repentinamente, el movimiento pacifista internacional tenía mucho menos que hacer. Los grupos prosoviétivos en Occidente quedaron desacreditados. Muchos de sus miembros se unieron al movimiento ambientalista trayendo consigo su eco-Marxismo.”

Un ejemplo del patio lo tenemos en la oposición a que se construya un teleférico al Cerro Ancón. Se trata de un proyecto que no requiere alterar sustancialmente el estado ambiental del Cerro Ancón. Sería una atracción turística de primera, que permitiría apreciar una importante parte de la ciudad y áreas del Canal, similar al “Ojo de Londres”.

¿Por qué oponerse al teleférico? He escuchado argumentos tipo “no hay que comercializar lo que es de todos los panameños”. Caramba, siguiendo dicha idea, pues tampoco permitamos hoteles en áreas de playa, pues éstas son de todos los panameños también. Absurdo. Bueno, ahora que lo pienso, de hecho están oponiéndose a muchos proyectos turísticos en el país. Se requiere una extraña inversión de prioridades para pretender que la conservación absoluta de las cosas tal como están es preferible a que se generen fuentes de oportunidades para los panameños.

Anti-humano

Pone a la Naturaleza por encima de las necesidades humanas. Habla de la necesidad de controlar la “superpoblación” humana del planeta. Sostiene que es el crecimiento poblacional una de las principales amenazas al planeta.

Pero el problema no es la población humana, sino los marcos legales y económicos dentro de los cuales se da la explotación de los recursos por el Hombre. Allí donde hay propiedad privada, se observa que los recursos tienden a ser bien cuidados y dotados, lo cual asegura su sostenibilidad. Y en los casos que lo ameritan, regulaciones racionales pueden garantizar que la satisfacción de las necesidades humanas se haga asegurando un desarrollo sostenible.

El antihumanismo del ecologismo radical se ve también en la campaña contra el uso del DDT para combatir al vector transmisor de la malaria y otras enfermedades transmitidas por picadura de mosquitos. Esta campaña contra el DDT, iniciada en la década de 1960, dio sus frutos: el DDT fue prohibido en muchos países y dejado de utilizar en casi todo el mundo. El resultado fue el resurgimiento de la malaria, una enfermedad que estaba casi erradicada para la década de 1960, pero que posterior al desuso del DDT regresó para matar millones de personas en el Tercer Mundo. Afortunadamente, el año 2006 la Organización Mundial de la Salud (OMS) revocó la política de recomendar contra el uso del DDT, y volvió a endosarlo. ¿La reacción de los ecoextremistas? Atacar la decisión de la OMS porque supuestamente el DDT es dañino para las aves (algo que en 40 años después que Rachel Carson hizo la afirmación, aún no ha sido demostrado).

Algo anda decididamente torcido con una ideología que aboga suprimir el uso de un químico, alegando un supuesto pero improbable daño ambiental, sabiendo que dicha supresión resultaría en que millones de personas en el mundo continúen muriendo a causa de la malaria y otras enfermedades transmitidas por insectos.

Anti-civilización

Nuevamente cito a Patrick Moore: “en esencia, el ecoextremismo rechaza virtualmente todo lo relacionado con la vida moderna. Nos dicen que nada que se quede corto de que todos retornemos a una vida tribal primitiva puede salvar a la Tierra del colapso ecológico. No más ciudades, no más aviones, no más polyester. Es una visión ingenua de un retorno al Jardín de Edén.”

El ecoextremismo idealiza el estilo de vida tribal, cuando nos pinta cual modelos a emular, a las tribus primitivas indígenas de América y África. Lo que no dicen es que el estándar de vida de las personas en esas sociedades es extremadamente pobre, su mortandad infantil es altísima y la expectativa de vida sumamente corta, comparada con la de quienes llevamos un estilo de vida de ciudad.


Conclusión

Una civilización no puede prosperar por mucho tiempo si no toma medidas para mitigar el impacto negativo de las actividades humanas. Pero oponerse a todo desarrollo, a toda actividad que tenga impacto sobre el medio ambiente, pretendiendo congelar a la Humanidad, corresponde a una visión extremista que no tiene nada de loable.

Sr. Chávez, ¿quién es el fascista?

Finalmente alguien lo puso en su lugar, señor presidente Hugo Chávez. Ya era hora. Sacó usted de casillas a nada menos que a S.M. Juan Carlos, rey de España, quien dio firme respuesta a vuestra perorata del momento, la cual en esta ocasión era sobre el supuesto fascismo del ex presidente del Gobierno español José María Aznar.

Seguía usted el libreto estándar de la izquierda en todas partes y en toda época, en su modalidad propagandística consistente en descalificar mediante el uso de etiquetas. ¿Para qué argumentar? Mejor y más efectivo es tildar a sus adversarios de nazis/fascistas, y ya no hay que debatir más.

Pero, Sr. Chávez, ¿quién es el fascista? Que yo sepa, no ha sido Aznar quien está por reformar la Constitución de su país para declarar que la patria potestad pertenece de pleno derecho al Estado, arrebatando así a los padres lo que por derecho natural les corresponde.

Y no es Aznar quien ha hecho y continúa haciendo todo para controlar todos los medios de comunicación de su país. No es Aznar quien decidió revocar la licencia de transmisión a una estación televisiva, simplemente porque no le gustase que esta manifestase su oposición al oficialismo. O vuestra amenaza de clausurar las escuelas privadas que se nieguen a impartir el adoctrinamiento socialista que usted impone.

Ahora anuncia usted públicamente, a raíz de la puesta en su lugar que le propinó el rey Juan Carlos, su amenaza a las empresas españolas, indicando que comenzará a "meterles el ojo a ver qué están haciendo" en Venezuela. Típico de un narcisista el no tolerar la disidencia.

Ni es tampoco Aznar, sino usted mismo, quien rinde todos los honores a un jefe de Estado extranjero (el presidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad), que públicamente niega la veracidad histórica del holocausto judío, y de hecho anuncia un día sí un día no, que el Estado de Israel pronto será barrido por una "tormenta divina", en tanto acelera su programa nuclear para asegurarse de tener los medios con los que provocar esa tormenta.

El fascismo es una doctrina totalitarista que pone al Estado por encima de las personas. Es colectivista, en el sentido de que concede primacía absoluta a la entelequia del Estado–Nación, y sostiene que es dicha entelequia colectiva la única realidad y, por tanto, la única que merece consideración. Las personas ni siquiera son reconocidas como individuos libres, sino solo como instrumentos al servicio del Estado. Si hay un gobernante actual en este hemisferio que se ajusta a esa descripción, es usted Sr. Chávez.

Usted se vanagloria de ser socialista y no fascista. ¿Pero quién dijo que es una dicotomía? Hitler también era socialista. Nazismo es un término acuñado para referirse a la ideología nacional–socialista propuesta por Adolfo Hitler. El nombre completo del partido nazi era Partido Nacional–Socialista Obrero Alemán (NSDAP, sus siglas en alemán). Vuestro llamado Socialismo del Siglo XXI y el nacional–socialismo tienen como denominador común el no reconocer a la persona humana como individuo libre, capaz de decidir por sí misma y elegir su propio destino. Y no puede ser de otra manera, pues igual que usted, el nazismo no podía permitirse, como ideología totalitarista, reconocer derechos individuales inalienables, porque ello entorpecería la creación de ese nuevo hombre que todo colectivista pretende traer a la faz de la Tierra.

Con las Fuerzas Bolivarianas de Liberación, emula usted las SS, las infames fuerzas paramilitares de Hitler, usadas para espiar y aterrorizar a la población civil y a todo el que no se cuadrara con el Führer. Y tiene usted también el Frente Francisco de Miranda, movimiento de adoctrinamiento juvenil modelado sobre las Juventudes Hitlerianas, que en su página web presenta el lema "Comandante Chávez, ordene", es decir, sumisión total al líder supremo.

En fin, como buen socialista, usted considera que su plan es supremo. Cualquier persona que se meta en su camino, merece ser atacada, perseguida, y despojada de sus propiedades y derechos. Únicamente los que son leales al anillo de poder tienen la suerte de escapar a sus purgas y ello solo mientras se mantengan fieles a vuestros caprichos.

Ese "paraíso" socialista que usted quiere imponer a toda costa, no solo en Venezuela sino en el resto de América Latina, es un paraíso algo extraño, pues requiere forzar a la gente a vivir en él en contra de sus voluntades. En cierta isla del Caribe, por ejemplo, las personas arriesgan sus vidas en balsas precarias, para irse al "infierno" capitalista. No es al revés. ¿Por qué será? Simple, porque a pesar del discurso de igualdad y de justicia social, el socialismo solo trae deshumanización y miseria.

Señor Chávez, aquí el fascista es usted. Por eso, ante su perorata totalitaria, los que amamos la libertad le decimos: ¡Por qué no te callas!
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La función social de la especulación económica

(Artículo publicado en Revista Agenda, octubre de 2007)

Cada vez que ocurre alguna crisis económica, usualmente se culpa a los especuladores de haberla causado o al menos de haberla agravado. A los especuladores se les atribuye popularmente la causa de que los precios de algunos productos (v.gr. el petróleo) suban de manera súbita, o de que haya escasez repentina de otros. Y cuando hay algún desastre natural, a los especuladores se les acusa de tratar de hacer negocios a expensas de las necesidades humanas ajenas.

Pero lo cierto es que los especuladores cumplen, con su ánimo de lucro, una función social muy necesaria. Los especuladores son una bendición para la sociedad. En este artículo explico por qué.

La información provista por los precios

Como vimos en la edición de febrero de 2007, el sistema de precios funciona para transmitir información. En un mercado libre los precios transmiten información valiosa porque cada persona que actúa en el mercado, ofertando y demandando bienes y servicios, revela sus preferencias y necesidades. Es esto lo que permite que los planes de millones de personas que ni siquiera se conocen entre sí, sean coordinados como si hubiese una mano invisible que lo hiciera.

Todo es cambiante

Una falacia prevaleciente en las mentes de muchas personas es la de la estabilidad, de precios y de las preferencias de las personas. Pero no existe tal cosa. Al contrario, el cambio constante es la regla en la vida.

Pues bien, resulta que el llamado especulador gana dinero si anticipa correctamente los cambios en el mercado, y lo pierde si sus previsiones resultan ser incorrectas. Este ánimo de lucro lo incentiva a prever cambios futuros y prepararse para ellos. Muy al contrario de la percepción popular, el llamado especulador no provoca los cambios, sino que los anticipa y con ello contribuye a que toda la economía se prepare para ajustarse.

¿Y qué hay con el acaparamiento?

El llamado acaparamiento no existe en el mundo real. Es un fantasma perseguido con intensidad como resultado de no entender cómo funciona el mercado. La idea del acaparamiento es la del comerciante que se reserva cantidades inusualmente altas de una mercancía, con el objeto de que el precio aumente y así venderlo en el futuro cercano a mayor precio. Se trata supuestamente de provocar una escasez artificial, para manipular el precio de la mercancía y así venderla posteriormente a un precio mayor.

El problema con dicho supuesto es que no ocurre jamás. La razón es doble, pero simple: en primer lugar, si un comerciante acapara una mercancía y no la vende, está perdiendo oportunidad de venta y participación de mercado frente a su competencia; en segundo lugar, cuando en una fecha futura el comerciante libere su mercancía para la venta, el precio volverá a caer, como resultado de la oferta recién aumentada.

La función social de la especulación

Lo que sí ocurre en el mundo real es algo muy distinto del escenario planteado del acaparamiento. Se da el caso de que alguien prevé que ocurrirán fenómenos de toda índole que incidirán en el precio futuro de una mercancía. Por ejemplo, es usual en Florida que cuando se aproxima un huracán, aumenten los precios de ciertas mercancías como baterías para linternas, agua embotellada, o hielo en bolsas. Algunos ven esto como un acto inhumano de aprovechamiento de las necesidades ajenas. Pero en realidad es saludable precisamente para poder satisfacer las necesidades ajenas.

Es obvio que ante un desastre natural tipo huracán Katrina, la gente comprará muchas más baterías para linternas, agua embotellada y hielo en bolsas, que en situaciones normales. Esto hará que se agoten rápidamente. De hecho, los primeros en llegar a las tiendas comprarán de más, por si acaso, lo que hará que se agoten rápidamente. El comerciante que aumenta los precios precisamente porque prevé una mayor demanda, está haciendo sin quererlo un servicio social, porque el precio aumentado forzará a las personas a racionar su uso de baterías y agua embotellada. Ahora, con el precio aumentado, usted ya no vaciará las estanterías de baterías pensando en por si acaso, sino que probablemente comprará justo las que necesita. Esto permitirá que otras personas también puedan comprar baterías, en vez de que se agoten porque usted las compró todas. De hecho, es usual que los comerciantes ordenen más hielo, agua embotellada y baterías cuando se espera un desastre natural. Y es que el ánimo de lucro contribuye a aligerar el desastre natural, precisamente porque lleva a esos comerciantes a suplir las necesidades que la comunidad tendrá de más baterías y agua embotellada.

¿Qué pasa si ante desastres naturales se prohíbe aumentar el precio de las cosas?

Ante el escenario antes ilustrado, es obvio que si se congelan los precios por decreto, en primer lugar se producirá escasez. Habrá gente que no podrá adquirir las baterías y agua embotellada, precisamente porque la ley impidió aumentar los precios para reflejar la nueva realidad de una mayor demanda. Y tampoco habrá un incentivo para los comerciantes, de aprovisionarse con más mercancía de la usual, dado que debemos recordar que siempre un mayor inventario acarrea también un mayor costo financiero y un mayor riesgo.

La llamada especulación económica cumple una función social fundamental, muy saludable y necesaria. Mejor es no interferir con ella.

El espejismo de la Unión Europea

(Publicado en Revista Agenda, agosto de 2007)

La idea original de formar una Unión Europea como un vasto mercado integrado, es muy buena. El objetivo era eliminar las barreras al comercio y al libre flujo de capitales y de personas, existentes entre los distintos países de Europa. Esto crearía un mercado común y potenciaría el desarrollo económico de todos los europeos. Pero algo ha ocurrido en el camino, porque la actual Unión Europea pareciera estar construida sobre premisas distintas de aquella originaria, y está tomando un rumbo equivocado.

El llamado “Milagro Europeo” se debió a la atomización política, hoy revertida por la UE.

El primer desvío del objetivo original viene por el interés en crear un megaestado paneuropeo. En lugar de ser un proyecto para eliminar barreras artificiales al libre flujo de mercancías, capitales y personas, se ha convertido en un proyecto político de unificación. Los espectros de Carlomagno, Napoleón y Hitler siguen vivos en el afán de unificar políticamente toda Europa.

Pero la historia europea demuestra que es precisamente la descentralización lo que permite el desarrollo económico. En la Edad Media, Europa estaba compuesta de cientos de pequeños Estados. En ese entonces, la superioridad de las fortificaciones por sobre las técnicas de asedio militar aseguraban la independencia de pequeñas ciudades frente a las ansias de centralización de los reyes. La soberanía del Rey era más simbólica que real, y cada ciudad se organizaba de manera bastante independiente.

Fue precisamente esta soltura lo que permitió un ambiente de enorme libertad, que a su vez dio lugar a tantas innovaciones en materia científica, tecnológica, comercial y jurídica. Pequeñas ciudades-estado en Italia y Holanda, por ejemplo, así como la campiña inglesa, protagonizaron en distintas etapas el origen de aquello que luego fue llamado Capitalismo. Este fenómeno ha sido llamado el “Milagro Europeo.”

La razón es que la descentralización implica que las normas, regulaciones y políticas públicas pueden adaptarse mejor y más rápidamente a las siempre cambiantes necesidades locales de la población. Hoy día, en cambio, los políticos de Europa están enfocando la mayor parte de sus esfuerzos en revivir el proyecto de Constitución europea, con un modelo de centralización, esta vez sin tomarse la molestia de consultar a sus ciudadanos en referendos.


Burocracia y Sobrerregulación

Lo que se está construyendo en Europa es algo muy distinto a un mercado común. Es un régimen donde las regulaciones económicas están cada vez más uniformadas desde Bruselas. Y no sólo uniformadas, sino que van creciendo en número y complejidad. Las regulaciones de la Unión Europea abarcan ya más de 80 mil páginas.

Y la sobrerregulación de las actividades de los particulares nunca es buena para los negocios. Muchas veces las regulaciones, lejos de ser intentos por establecer estándares mínimos, lo que son es en realidad intentos por limitar la competencia en ciertos mercados. Al uniformar ciertos estándares, se excluye a muchos participantes actuales y potenciales. Esto se traduce en inmovilismo, estancamiento y retroceso económico.

Altos impuestos, subsidios y estatismo económico

“Armonizar” es la palabra favorita de los planificadores de la UE. Traducción: uniformar. Y en materia de impuestos la uniformación viene por la vía de torcer el brazo a los países miembros (y a otros que ni siquiera lo son) a aumentar sus tasas para uniformarlas acercándola al promedio de la UE (altísimo). Incluso se está presionando a Suiza, país que ni siquiera es miembro de la Unión Europea, a subir sus impuestos.

Por otro lado, el sector agropecuario europeo está sumamente protegido por toda una serie de fuertes subsidios y otras medidas anticompetitivas. Ello encarece todo lo que los ciudadanos europeos consumen, y además impide a países del Tercer Mundo exportar a Europa productos alimenticios. Irónicamente, entonces, aunque políticamente los europeos claman el liderazgo de la lucha contra la pobreza mundial, en la práctica son probablemente quienes más contribuyen a que dicha pobreza se perpetúe.

Y por si todo lo anterior fuese poco, muchas empresas e industrias europeas siguen siendo estatales, o reciben importantes subsidios. El caso de Airbus es ilustrativo. Es una empresa en la que varios estados europeos tienen importante participación accionaria. Aparte, se le beneficia con toda una serie de privilegios. Y todo por un afán de no dejar el liderazgo de la industria aeronáutica a la norteamericana Boeing. Es decir, se trata de un enorme gasto de los contribuyentes simplemente para satisfacer el inflado chauvinismo europeo de sus políticos.

Conclusión

Concebido como un proyecto para eliminar barreras artificiales a la división del trabajo internacional entre europeos, la Unión Europea se ha ido desviando gradualmente de dicho objetivo para dedicarse a buscar objetivos de unificación política y de chauvinismo europeo, que nada ayudan al desarrollo económico y el bienestar de sus ciudadanos. El discurso de unificación política, vocalizado principalmente por Francia y Alemania, está más inspirado en recuperar el liderato político mundial que alguna vez tuvo Europa, que en crear un mercado único. Ese eterno sueño europeo de revivir el Imperio Romano puede terminar llevando todo el proyecto de la Unión Europa al mismo destino que el de Roma: una lenta y larga decadencia.